sábado, 30 de mayo de 2020

Víspera de Pentecostés.


La llegada de Pentecostés (del griego πεντηκοστή "quincuagésimo"), o la venida del Paráclito Espíritu Santo tras la Ascensión del Señor, pone fin al Tiempo Pascual y configura la culminación solemne de la misma Pascua, su colofón y su corona. Y en Pentecostés, la presencia de la Santísima Virgen María es fundamental porque:
«En la economía de la gracia, actuada bajo la acción del Espíritu Santo, se da la particular correspondencia entre el momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María en Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén. En ambos casos su presencia discreta, pero esencial, indica el camino del "nacimiento del Espíritu"» (Juan Pablo II, Redemptoris mater, 25 de marzo de 1987). 

El Espíritu que colmó a María en la Anunciación proclamada de labios de Gabriel: «¡Alégrate! llena de gracia, el Señor está contigo», es el mismo Espíritu que vino sobre la Iglesia naciente. En el nacimiento de Cristo-hombre y en la subida de Cristo al Cielo en Cuerpo Glorioso la presencia de María sigue teniendo, pues, un valor maternal. Si Jesús antes de su muerte en la Cruz había entregado a Juan a María como madre, -Juan, el discípulo amado en el cual se encuentran representados todos los discípulos de entonces, actuales y futuros- la presencia de la Madre en la primera comunidad cristiana era algo tan sencillamente natural como naturalmente necesario. Es la presencia de la Maternidad espiritual. La Virgen María, La Llena de Gracia, ya no podía dar de nuevo a luz a su Hijo; pero presenciaba activamente el nacimiento nuevo de Cristo en el parto de la Iglesia. De ese modo, la presencia de María en Pentecostés garantiza la nueva efusión del Espíritu Santo que "crea" la Iglesia del futuro. Con la Maternidad de María para con nosotros, el Espíritu Santo nos forma en su Santo Seno hasta el día en que Ella nos dará a luz en el Reino de los Cielos. Pentecostés no puede entenderse sin María Santísima.
«La súplica de la misma Virgen tuvo ciertamente gran peso ya en el misterio de la Encarnación, ya en la venida del mismo Paráclito sobre los Apóstoles reunidos» (León XIII, Divinum illud, 9 de mayo de 1897).
«Ella fue la que, por medio de sus eficacísimas súplicas, consiguió que el Espíritu del divino Redentor, otorgado ya en la Cruz, se comunicara en prodigiosos dones a la Iglesia, recién nacida el día de Pentecostés» (Pío XII, Mystici corporis, 29 de junio de 1943). 
Nuestra Madre la Santísima Virgen María conforta, fortalece, anima e impulsa a continuar la obra de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. El mismo Espíritu que había venido sobre la Llena de Gracia, María, ahora prepara, transforma y renueva a la Iglesia de la primera comunidad, que irrumpe en la historia en una aurora de fuego y de luz que ya no tendrá ocaso. De esto se desprende, pues, una enseñanza obvia y sencilla: en toda comunidad cristiana, animada por el Espíritu Santo, debe estar presente María. Y si no está, o se La infravalora, o se La relativiza o se La ningunea, la conclusión es igualmente obvia, sencilla, natural y lógica: esa comunidad no es cristiana. ¡Tengan un Santo Pentecostés!

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Nota: Del Catecismo:

687 "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Co 2, 11). Pues bien, su Espíritu que lo revela nos hace conocer a Cristo, su Verbo, su Palabra viva, pero no se revela a sí mismo. El que "habló por los profetas" (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150) nos hace oír la Palabra del Padre. Pero a él no le oímos. No le conocemos sino en la obra mediante la cual nos revela al Verbo y nos dispone a recibir al Verbo en la fe. El Espíritu de verdad que nos "desvela" a Cristo "no habla de sí mismo" (Jn 16, 13). Un ocultamiento tan discreto, propiamente divino, explica por qué "el mundo no puede recibirle, porque no le ve ni le conoce", mientras que los que creen en Cristo le conocen porque él mora en ellos (Jn 14, 17).

690 Jesús es Cristo, "ungido", porque el Espíritu es su Unción y todo lo que sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud (cf. Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn 7, 39), puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: Él les comunica su Gloria (cf. Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica (cf. Jn 16, 14). La misión conjunta se desplegará desde entonces en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en Él:
«La noción de la unción sugiere [...] que no hay ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni los sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato el contacto del Hijo con el Espíritu, de tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo por la fe tiene que tener antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto, no hay parte alguna que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por lo que la confesión del Señorío del Hijo se hace en el Espíritu Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu desde todas partes delante de los que se acercan por la fe» (San Gregorio de Nisa, Adversus Macedonianos de Spirirtu Sancto, 16).

“Alégrate, llena de gracia”

721 María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la Sabiduría, la Tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24): María es cantada y representada en la Liturgia como el "Trono de la Sabiduría".

En ella comienzan a manifestarse las "maravillas de Dios", que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:

722 El Espíritu Santo preparó a María con su gracia . Convenía que fuese "llena de gracia" la Madre de Aquel en quien "reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de Sión": "Alégrate" (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, hace subir hasta el cielo con su cántico al Padre, en el Espíritu Santo, la acción de gracias de todo el pueblo de Dios y, por tanto, de la Iglesia  (cf. Lc 1, 46-55).

723 En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por medio del poder del Espíritu y de la fe (cf. Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21; Ga 4, 26-28).

724 En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19) y a las primicias de las naciones (cf. Mt 2, 11).

725 En fin, por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en comunión con Cristo a los hombres "objeto del amor benevolente de Dios" (cf. Lc 2, 14), y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos.

726 Al término de esta misión del Espíritu, María se convierte en la "Mujer", nueva Eva "madre de los vivientes", Madre del "Cristo total" (cf. Jn 19, 25-27). Así es como ella está presente con los Doce, que "perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hch 1, 14), en el amanecer de los "últimos tiempos" que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.

Cristo Jesús

727 Toda la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.

Todo el segundo capítulo del Símbolo de la fe hay que leerlo a la luz de esto. Toda la obra de Cristo es misión conjunta del Hijo y del Espíritu Santo. Aquí se mencionará solamente lo que se refiere a la promesa del Espíritu Santo hecha por Jesús y su don realizado por el Señor glorificado.

728 Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que él mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre, cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo (cf. Jn 6, 27. 51.62-63). Lo sugiere también a Nicodemo (cf. Jn 3, 5-8), a la Samaritana (cf. Jn 4, 10. 14. 23-24) y a los que participan en la fiesta de los Tabernáculos (cf. Jn 7, 37-39). A sus discípulos les habla de él abiertamente a propósito de la oración (cf. Lc 11, 13) y del testimonio que tendrán que dar (cf. Mt 10, 19-20).

729 Solamente cuando ha llegado la hora en que va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres (cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de Él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo, lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.

730 Por fin llega la hora de Jesús (cf. Jn 13, 1; 17, 1): Jesús entrega su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46; Jn 19, 30) en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte, de modo que, "resucitado de los muertos por la gloria del Padre" (Rm 6, 4), enseguida da a sus discípulos el Espíritu Santo exhalando sobre ellos su aliento (cf. Jn 20, 22). A partir de esta hora, la misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21; cf. Mt 28, 19; Lc 24, 47-48; Hch 1, 8).

Pentecostés

731 El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el Espíritu.
732 En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en Él: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los "últimos tiempos", el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no consumado:
«Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque ella nos ha salvado» (Oficio Bizantino de las Horas. Oficio Vespertino del día de Pentecostés, Tropario 4)
El Espíritu Santo, el don de Dios

733 "Dios es Amor" (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor "Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5, 5).

734 Puesto que hemos muerto, o, al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.

735 Él nos da entonces las "arras" o las "primicias" de nuestra herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la vida misma de la Santísima Trinidad que es amar "como él nos ha amado" (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este amor (la caridad que se menciona en 1 Co 13) es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos "recibido una fuerza, la del Espíritu Santo" (Hch 1, 8).

736 Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos "el fruto del Espíritu, que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza"(Ga 5, 22-23). "El Espíritu es nuestra Vida": cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más "obramos también según el Espíritu" (Ga 5, 25):
«Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos de la luz, el compartir la gloria eterna (San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto, 15, 36: PG 32, 132).
El Espíritu Santo y la Iglesia

737 La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la comunión con Dios, para que den "mucho fruto" (Jn 15, 5. 8. 16).

738 Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad:
«Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios. Ya que por mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos que son distintos entre sí [...] y hace que todos aparezcan como una sola cosa en él . Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual» (San Cirilo de Alejandría, Commentarius in Iohannem, 11, 11: PG 74, 561).
739 Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo.

740 Estas "maravillas de Dios", ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu.

741 "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26).

766 Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la cruz. "El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento" (LG 3) ."Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia" (SC 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la cruz.

767 "Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia" (LG 4). Es entonces cuando "la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación" (AG 4). Como ella es "convocatoria" de salvación para todos los hombres, la Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos .

768 Para realizar su misión, el Espíritu Santo "la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos" (LG 4). "La Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios. Ella constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra" (LG 5).

miércoles, 27 de mayo de 2020

No se puede servir a dos señores a la vez.

 Juan, 17
1. Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. 2. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. 3. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. 4. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. 5. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. 6. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. 7. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; 8. porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. 9. Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; 10. y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. 11. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. 12. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. 13. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. 14. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. 15. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. 16. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. 17. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. 18. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. 19. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad. 20. No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, 21. para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. 22. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: 23. yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. 24. Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplan mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. 25. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. 26. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.»

lunes, 25 de mayo de 2020

Algunas verdades incómodas.

Es un texto publicado por el Cadenal Robert Sarah en Le Figaro. Fuente de la noticia, clicar aquí.


La epidemia de Covid-19 devuelve a la Iglesia a su responsabilidad primera: la fe.

 

¿Tiene la Iglesia aún un lugar en tiempos de epidemia en el siglo XXI? A diferencia de los siglos pasados, la mayor parte de la atención médica la proporciona ahora el Estado y el personal sanitario. La modernidad tiene sus héroes seculares en batas blancas y son admirables. Ya no necesita de los batallones caritativos de cristianos dispuestos a cuidar de los enfermos y enterrar a los muertos. ¿Se ha vuelto inútil la Iglesia para la sociedad? El Covid-19 devuelve a los cristianos a lo esencial. En efecto, desde hace mucho tiempo, la Iglesia ha entrado en una relación falseada con el mundo. Confrontados con una sociedad que pretende no necesitar de ellos, los cristianos, por pedagogía, se han esforzado en demostrar que pueden serle útiles. La Iglesia se ha mostrado como educadora, madre de los pobres, «experta en humanidad» como dijo Pablo VI. Y tenía buenas razones para hacerlo así. Pero poco a poco los cristianos han acabado por olvidar la razón de estos rasgos. Han acabado por olvidar que si la Iglesia puede ayudar al hombre a ser más humano, es en última instancia porque ha recibido de Dios palabras de la vida eterna.

La Iglesia está comprometida con las luchas por un mundo mejor. Ha apoyado con razón la ecología, la paz, el diálogo, la solidaridad y la distribución equitativa de la riqueza. Todos estos combates son justos. Pero podrían hacernos olvidar las palabras de Jesús: «Mi reino no es de este mundo». La Iglesia tiene mensajes para este mundo, pero sólo porque tiene las llaves del otro mundo. Los cristianos han pensado a veces en la Iglesia como una ayuda dada por Dios a la humanidad para mejorar su vida aquí abajo. Y no les faltan argumentos porque realmente la fe en la vida eterna ilumina la forma justa de vivir en el mundo.

El Covid-19 ha puesto al descubierto una insidiosa enfermedad que está carcomiendo a la Iglesia: pensar en sí misma como «de este mundo». La Iglesia quería sentirse legítima a sus ojos y según sus criterios. Pero ha aparecido un hecho radicalmente nuevo. La modernidad triunfante se ha derrumbado frente a la muerte. Este virus ha revelado que, pese a sus promesas y seguridades, el mundo de aquí abajo quedaba paralizado por el miedo a la muerte. El mundo puede resolver las crisis sanitarias. Y seguro que resolverá la crisis económica. Pero nunca resolverá el enigma de la muerte. Sólo la fe tiene la respuesta.

Ilustremos esta idea de modo concreto. En Francia, como en Italia, el tema de las residencias de ancianos ha sido un punto crucial. ¿Por qué? Porque se planteaba directamente la cuestión de la muerte. ¿Debían los residentes ancianos ser confinados en sus habitaciones aún a riesgo de morir de desesperación y soledad? ¿Debían estar en contacto con sus familias, arriesgándose a morir por el virus? No se sabía qué responder.

El Estado, encerrado en una laicidad que ha elegido por principio ignorar la esperanza y restringir el culto al ámbito privado, estaba condenado al silencio. Para él, la única solución era huir de la muerte física a toda costa, aunque eso significara condenar a una muerte moral. La respuesta sólo podía ser una respuesta de fe: acompañar a los ancianos hacia una muerte probable, en la dignidad y sobre todo en la esperanza de la vida eterna.

La epidemia ha golpeado a las sociedades occidentales en su punto más vulnerable. Se habían organizado para negar la muerte, para esconderla, para ignorarla. ¡Y ha entrado por la puerta principal! ¿Quién no ha visto esas morgues gigantes en Bérgamo o en Madrid? Son las imágenes de una sociedad que prometía hace poco un hombre aumentado e inmortal.

Las promesas de la técnica permiten olvidar el miedo por un momento, pero acaban siendo ilusorias cuando la muerte golpea. Incluso la filosofía no hace más que devolver un poco de dignidad a una razón humana abrumada por el absurdo de la muerte. Pero es impotente para consolar los corazones y dar un sentido a lo que parece estar definitivamente privado de él.

Frente a la muerte, no hay respuesta humana que se sostenga. Sólo la esperanza de una vida eterna permite superar el escándalo. ¿Pero qué hombre se atreverá a predicar la esperanza? Se necesita la palabra revelada de Dios para atreverse a creer en una vida sin fin. Se necesita una palabra de fe para atreverse a esperarla para uno mismo y los suyos. Así pues, la Iglesia Católica está llamada a volver a su responsabilidad primera. El mundo espera de ella una palabra de fe que le permita superar el trauma de este encuentro cara a cara con la muerte. Sin una palabra clara de fe y esperanza, el mundo puede hundirse en una culpabilidad morbosa o en una rabia impotente ante lo absurdo de su condición. Sólo ella puede dar sentido a la muerte de las personas queridas, muertas en soledad y enterradas apresuradamente.

Pero entonces, la Iglesia debe cambiar. Debe dejar de tener miedo a chocar y a ir contracorriente. Debe renunciar a pensarse a sí misma como una institución del mundo. Debe volver a su única razón de ser: la fe. La Iglesia está aquí para anunciar que Jesús ha vencido a la muerte por su resurrección. Éste es el corazón de su mensaje: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana es también nuestra fe y somos los más desdichados de todos los hombres». (1 Corintios 15:14-19). Todo lo demás no es más que una consecuencia de esto.

Nuestras sociedades saldrán debilitadas de esta crisis. Necesitarán psicólogos para superar el trauma de no haber podido acompañar a los más ancianos y moribundos a sus tumbas, pero necesitarán aún más a sacerdotes que les enseñen a rezar y a esperar. La crisis revela que nuestras sociedades, sin saberlo, sufren profundamente de un mal espiritual: no saben darle sentido al sufrimiento, a la finitud y a la muerte.
 
Le Figaro, 19 de mayo de 2020

domingo, 24 de mayo de 2020

Solemnidad de la Ascensión del Señor.

Libro de los Hechos 1, 1-12

1. El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio 2. hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo. 3. A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios. 4. Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, «que oísteis de mí: 5. Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días». 6. Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» 7. El les contestó: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, 8. sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.» 9. Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. 10. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco 11. que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo.» 12. Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático.


Mateo 28, 16- 20

16. Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 17. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. 18. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20. y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»


Juan 16

1. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. 2. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. 3. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. 4. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho. «No os dije esto desde el principio porque estaba yo con vosotros. 5. Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: "¿Dónde vas?" 6. Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. 7. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: 8. y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; 9. en lo referente al pecado, porque no creen en mí; 10. en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; 11. en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado. 12. Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. 13. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. 14. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. 15. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. 16. «Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver.» 17. Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: "Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver" y "Me voy al Padre"?» 18. Y decían: «¿Qué es ese "poco"? No sabemos lo que quiere decir.» 19. Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: "Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver?" 20. «En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. 21. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. 22. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. 23. Aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. 24. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado. 25. Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre. 26. Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, 27. pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios. 28. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre.» 29. Le dicen sus discípulos: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. 30. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios.» 31. Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? 32. Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. 33. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo.»



Reflexión: La Ascensión es el triunfo total, perfecto y definitivo de Cristo nuestro Señor. El Padre sella la Nueva y Eterna Alianza con los hombres caídos por el Pecado original haciéndose hombre en carne mortal, de este modo el sello es definitivo e irrevocable. Muere en la carne y lo hace con muerte de cruz, cargando sobre sus llagas todo el peso y la miseria de nuestra maldad, de nuestro orgullo y de nuestra soberbia. Muere y resucita en Cuerpo Glorioso, resucita en Cuerpo Glorioso y Asciende a los cielos, al Cielo, al Padre. Al hacerlo une definitivamente al hombre caído con la eternidad corporal, no en este cuerpo putrescible y caduco sino en un cuerpo glorificado a imagen y semejanza del Cuerpo Glorioso de Jesucristo. Por eso, sólo cuando Nuestro Señor Asciende al Padre, no como espíritu desencarnado sino como Hombre en Cuerpo transfigurado por la Resurrección, puede enviar al Paráclito para que ilumine e infunda Luz en los hombres que en Él creen y por ello participan de la Gracia.

Además, pudiendo haber realizado la Nueva y Eterna Alianza de otro modo, el Padre determina hacerlo por mediación de la Llena de Gracia, de Santa María Virgen; decide establecer una nueva Arca de la Alianza que ya no guarda en su interior las tablas de la Ley mosaica sino el Cuerpo Vivo de Dios Hijo por mediación de Dios Voluntad en acto, el Espíritu Santo. De ese modo, es a través nuestra Madre María Santísima como viene Dios al mundo y es a través de María Santísima, Puerta del Cielo, Estrella de la mañana, Madre de Dios y Madre nuestra, como los discípulos de Cristo podemos ser llevados, más perfectamente, a la unión con Jesucristo, alfa y omega de toda nuestra Fe, de todos nuestros actos y de todas las cosas. Porque no ha sido dado, no existe, otro nombre bajo el cielo para que los hombres seamos salvos. ¡Feliz y Santo día de la Ascensión del Señor!

sábado, 23 de mayo de 2020

A tres pistas.


Estamos tomando las medidas necesarias
y pertinentes
para que ustedes no acaben como parias
ni haya crujir de dientes.

(Gobierno de Ex-paña)

sábado, 16 de mayo de 2020

Fátima y Civitavecchia.

Teólogo capuchino, autor del libro La Virgen de Civitavecchia. Lágrimas y mensajes, el padre Ubodi fue vicepresidente de la comisión teológica diocesana que, a mediados de los años noventa, se expresó a favor de la sobrenaturalidad de las lágrimas de la Virgen de Civitavecchia. Una manifestación de la Virgen que continuó con las apariciones y los mensajes a la familia Gregori, hechos que la Iglesia ha reconocido paulatinamente. En esos mensajes, el vínculo entre Fátima y Civitavecchia, una diócesis en las afueras de Roma donde la Santísima Virgen se manifestó para cumplir lo que se había anunciado a los tres pastorcitos, es explícito.

Con motivo del 103 aniversario del comienzo de las apariciones en Fátima, en la Cova d’Iria, la Nuova Bussola ha entrevistado al Padre Ubodi.
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Totus tuus ego sum et omnia mea Tua sunt, María.
Padre Ubodi, el 13 de mayo de 2010, en el décimo aniversario de la beatificación de Jacinta y Francisco, Benedicto XVI dijo: «Cualquiera que pensara que la misión profética de Fátima había concluido, estaría equivocado». ¿Cuál es esta misión profética? 

De momento, es necesario decir que aquella frase de Benedicto XVI, de hecho, puso en evidencia que lo que dijo el cardenal Bertone sobre la conclusión del mensaje de Fátima era falso. La misión profética es el anuncio de lo que hubiera sucedido en estos últimos tiempos. Tratándose de una profecía contenida en un secreto, es difícil decir con precisión de qué se trata. Sin embargo, podemos decir, con cierta seguridad, que se trata de la apostasía dentro de la Iglesia (también anunciada en Civitavecchia), y esta es la cosa más grave e impactante. Los cardenales Oddi y Ciappi dijeron que Nuestra Señora había anunciado la gran apostasía dentro de la Iglesia. Y Ciappi, que había leído el tercer secreto, especificaba que la Virgen había dicho que la apostasía comenzaría en las altas esferas. En mi opinión, esta es la gran profecía.

¿Cómo se relaciona esto con la tercera parte del Secreto, en particular con la visión de los mártires y de las persecuciones a la Iglesia? 

Si hay una apostasía dentro de la Iglesia, comenzando con los niveles más altos, está claro que aquellos que no estén en línea con las directivas de los líderes serán perseguidos automáticamente. Además de sufrir una persecución por parte del poder secular adverso a la Iglesia.

En Fátima, Nuestra Señora pidió, junto con la Comunión reparadora de los primeros sábados, la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón, para preservar al mundo de la Segunda Guerra Mundial. No se la escuchó. En Civitavecchia, hace 25 años, pidió en particular la consagración de Italia. ¿Por qué? 

De Italia y también del mundo. Con respecto a Italia, dijo: «Vuestra nación está en grave peligro». No especificó qué tipo de peligro: si es físico, moral, espiritual, social, catástrofes naturales. Ciertamente, Italia está sufriendo enormes desviaciones, una pérdida de valores cristianos. Italia ha sido advertida, en mi opinión, porque la posición de los líderes, de los gobernantes, puede estar en sintonía con la apostasía dentro de la Iglesia, e incluso favorecerla creando restricciones, imposiciones sobre la administración de los Sacramentos, limitaciones al culto, etc., y así sucesivamente. Tengo la impresión de que el Covid-19 haya sido la ocasión para los ensayos generales.

¿Cree que la Iglesia está renunciando a su libertad? 

. La impresión es que hay una especie de acuerdo masónico a los niveles más altos. Estamos gobernados por la masonería porque, desgraciadamente, muchos políticos y distintos obispos y cardenales están afiliados o responden a una obediencia masónica. Por tanto, si hay un poder, por encima de los otros, que ordena, que da las directivas, esta parte de la jerarquía desviada debe obedecer. Y, desde el momento en que tienen poder, pueden imponer y condicionar la vida de los fieles.
Tanto Fátima como Civitavecchia tienen la Eucaristía en el centro. A los Gregori, la Virgen les habló de la comunión diaria para santificarse. Sin embargo, ahora, los fieles llevan casi tres meses sin misas, que no se restablecerán hasta el 18 de mayo, con graves condicionamientos para la liturgia. ¿Cómo se puede leer esta situación de privación de la Eucaristía?
Es un ataque al corazón del cristianismo. El centro de todo es Jesucristo, y lo encontramos en la Eucaristía. Si queremos tener vida, vida plena, debemos recibir la Eucaristía. Si, en cambio, eliminamos la Eucaristía de la Iglesia, de la vida de los fieles, habrá un empobrecimiento espiritual aterrador. Privar a los fieles de la Eucaristía ha sido un gran acto satánico. En las palabras de Nuestra Señora, esto está implícito: si Ella recomienda la Eucaristía todos los días y tú la niegas, evidentemente hay, en la práctica, una fuerte confrontación entre la Virgen y Satanás, entre el corazón del cristianismo, que es Jesucristo, y las potencias enemigas que quieren alejar a los hombres de Él. Estoy convencido de que ya estamos dentro del tercer secreto de Fátima, que se está realizando.

Los obispos de naciones enteras, comenzando desde Italia, han suspendido las misas… es algo que nunca se había visto en dos mil años de Iglesia.

Este podría ser un aspecto de la apostasía general, es decir, una apostasía práctica. Primero hay una apostasía doctrinal que consiste en renegar de los fundamentos del cristianismo como la Revelación -negar que sea la Palabra de Dios válida para todos los tiempos y lugares- y, también, la Tradición, los dogmas, las verdades contenidas en el Credo. También se llega a negar la divinidad de Jesucristo, reduciéndolo a un simple hombre. Y así se niega la presencia real de Jesús en la Eucaristía, la importancia de los Sacramentos, etc. Esto en el plano doctrinal. Luego está la apostasía práctica: el abandono de la práctica religiosa.

¿Qué piensa del hecho de distribuir la comunión con guantes? 

En mi opinión, se trata de una profanación que roza el sacrilegio. Distribuir la Comunión con guantes significa no tener respeto por Jesucristo presente en la Eucaristía y, tampoco, por el fiel que la recibe. También existe el problema de los fragmentos del Cuerpo de Cristo, que pueden permanecer pegados a los guantes, y no se sabe qué pasa con ellos.

Volvamos a Fátima y Civitavecchia. ¿Qué nos dice del paso del testigo entre la hermana Lucía y Jessica Gregori? 

Nuestra Señora le confió el tercer secreto a Jessica. Ella, en 1996, se reunió con sor Lucía, hablaron en privado y, por lo que supe por parte de Jessica, compararon los mensajes de Nuestra Señora y estos coincidían perfectamente. Existe una relación muy estrecha entre Fátima y Civitavecchia. Fátima ocurre a principios de siglo, Civitavecchia al final. Fátima es el anuncio de lo que sucedería, Civitavecchia es la entrada en las cosas que habían sido anunciadas en Fátima. En Civitavecchia, la Virgen, cuando dice que Satanás está tratando de oscurecer al mundo y también a la Iglesia, advierte: «Prepararos para vivir lo que les había revelado a mis pequeños en Fátima». Hemos entrado en esos tiempos.

¿Cuáles son los contenidos en común? 

La invitación, urgente, a la conversión. La consagración al Inmaculado Corazón de María. Tanto en Fátima como en Civitavecchia se habla de consagrar, no de encomendar: hay una profunda diferencia. Encomendarse es más superficial, la consagración es mucho más poderosa porque involucra más a la persona, la familia, la Iglesia o la nación que la hace: es como decir “soy tuyo, te entrego a ti todo mi ser, para que tú puedas entregarlo al Padre”. Otro punto en común entre Fátima y Civitavecchia es la recitación del rosario como un arma para derrotar a Satanás, eliminando así todo peligro para el alma, y no solamente.

¿Un ejemplo de peligro? 

En Civitavecchia se pone en evidencia que Satanás habría tratado de destruir el mundo buscando provocar una guerra nuclear.

En Civitavecchia, es claro el odio de Satanás contra la Iglesia y la familia.

Civitavecchia se caracteriza, sobre todo, por la familia, es decir, la destrucción de la familia, por lo tanto, de la célula primordial de la sociedad. Cuando estas advertencias surgieron de Nuestra Señora, todavía no había empezado el bombardeo de las parejas de hecho, de las parejas homosexuales, de los vientres de alquiler, etc. Yo veo esta conexión: en Fátima, la principal preocupación es la Iglesia, en Medjugorje es la parroquia, en Civitavecchia es la familia. Esta, podría decirse, es la especificidad de las apariciones que, por lo demás, tienen muchos puntos en común, como el llamamiento constante a la oración, la penitencia y, por lo tanto, la conversión.

¿Qué vínculo hay entre la visión de Fátima sobre el infierno y las lágrimas de Civitavecchia?

Las lágrimas de Civitavecchia ponen en evidencia el dolor de la Virgen que llora la sangre de su Hijo derramada en vano por muchos. La visión del infierno en Fátima nos recuerda que, a pesar de la Cruz, de la sangre derramada por Jesús, muchos se condenan. Lo mismo, de otra manera, se dice en Civitavecchia. La sangre que llora Nuestra Señora es la sangre de Cristo, porque muchos no se benefician de esta sangre, rechazando la Misericordia de Dios y, por lo tanto, se condenan.

Cuando la segunda Madonnina de Civitavecchia, procedente de Medjugorje, exuda aceite perfumado, ¿qué significado tiene? 

Este también es un fenómeno significativo. Esta estatuilla -donada por el cardenal Deskur y bendecida en nombre de Juan Pablo II- manifiesta estas exudaciones cuando menos te lo esperas, frente a grupos o a personas, a menudo durante las fiestas litúrgicas: es un signo de la protección de María y de las gracias del Espíritu Santo.

Si estamos yendo hacia el punto álgido de la batalla, ¿significa que el triunfo prometido por la Virgen está cerca?

Claro, pero no sabemos cuánto tiempo puede durar esta batalla. Este también es un elemento común a Fátima y Civitavecchia: Nuestra Señora dice que habrá pruebas, tribulaciones, pero al final triunfará el Inmaculado Corazón de María. Este triunfo emerge en las revelaciones de Fátima y Civitavecchia, e infunde fortaleza al cristiano que cree.


Nota: Texto original de la entrevista, aquí. Traducción de la misma, aquí.