domingo, 2 de mayo de 2021

Día de la Madre.


En el día de la Madre, dedico esta entrada a nuestra amadísima Madre del Cielo la Santísima Virgen María. También a la madre de mis hijos, mi amada esposa. Y cómo no, a mi querida madre. A la vez, felicito a todas las madres que puedan leer estas líneas. Felicidades.
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A su vez, recupero una entrada de hace un tiempo, se trata de un precioso texto de Don Bruno M escrito en la página InfoCatólica cuyo original pueden encontrar clicando aquíLleva por título "Las más guapas" y se lo dedico especialmente a mi esposa, porque es la más guapa de entre las guapas; a mis hijos, para que se anden con ojo a la hora de elegir esposa y a los jóvenes católicos en general para que hagan lo mismo. Disfruten el texto porque es encantador y muy veraz.

"Para desasnar un poco a los lectores jóvenes e impartirles algo de la sabiduría ganada con los años, me ha parecido oportuno traer al blog una frase leída por ahí en Internet, del P. Manuel Martínez Cano: “¿Por qué las mujeres católicas son más guapas? Porque la gracia de Dios perfecciona la naturaleza”. En una frase humorística, claro, pero, como dicen los yanquis, it’s funny because it’s true, es divertida porque es verdad. Ceteris paribus, las católicas son más guapas que las que no lo son. No me refiero simplemente a la belleza interior (que también), sino a la belleza en el sentido más habitual de la palabra. La belleza externa de una mujer es algo indefinible, que no se puede reducir a la física y las matemáticas. Incluye siempre un nosequé que hace que sea una belleza humana y no simplemente física o biológica.

Hay muchos factores naturales que intervienen en ello, por supuesto, pero la gracia de Dios tiene ese nosequé en grado sumo y hace que la belleza de una chica católica sea incomparable con la de las que no lo son. A fin de cuentas, toda belleza creada es reflejo de la Belleza de Dios y la gracia no es más que eso: la presencia de la Belleza de Dios y sus efectos transformadores en el ser humano. De esto se sigue casi necesariamente lo que señala la frase del P. Cano.

Más castizamente, la sabiduría popular dice que algo (o alguien) es “más feo que un pecao". En efecto, no hay nada menos bello que el pecado y, en particular, el peor de los pecados, que es la desesperanza, tan frecuente (y poco menos que inevitable) entre las agnósticas de hoy, pobrecillas. Del mismo modo, el culmen de la fealdad humana es la pornografía, que produce una profundísima desesperanza y tristeza en el que la consume.

No es casualidad, por otro lado, que se hayan dedicado innumerables poemas a la belleza de nuestra Señora. ¿Por qué, si en los evangelios no se la describe físicamente? Porque María es la llena de gracia y la fealdad del pecado no la rozó siquiera. Ninguna otra mujer ha reflejado como ella la belleza de Dios. Además, y tomando prestado un viejo argumento español sobre la inmaculada concepción, podemos preguntarnos: ¿quiso Dios que María fuera la más bella de las mujeres de la tierra? ¿Cómo no iba a quererlo, si se trataba de su Madre? Pues entonces, quiso, pudo (porque era Dios), luego lo hizo. Creó a su Madre como la más bella de las mujeres, hermosa como Tirsá, encantadora como Jerusalén, majestuosa como las estrellas del cielo, bella como la luna y refulgente como el sol.

Las mujeres católicas, como hijas de nuestra Señora, se parecen a ella y están tocadas por su hermosura. No hay nada más bello que una mujer rezando en silencio ante el sagrario. ¿Por qué creéis que, hasta hace muy poco, las mujeres se ponían un velo o mantilla cuando entraban en la iglesia? Para que no nos deslumbrara su belleza, como Moisés cuando salía de ver a Dios en la Tienda del Encuentro.

Volviendo a los lectores jóvenes: no seáis cenutrios. Buscad a buenas católicas, que además de ser buenas, son más guapas, y lo digo por experiencia. Si conoces a tu futura mujer en un bar, la probabilidad de que tu matrimonio sea un desastre se multiplica por mil. Si tu novia baila bien, estupendo, pero asegúrate sobre todo de que rece bien, porque en el matrimonio se reza mucho más de lo que se baila. Como decía el viejo poema inglés, tu esposa no podrá quererte como te mereces si no quiere mucho más a Dios que a ti. ¿Recuerdas esa frase del Evangelio: buscad el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura? Pues esto es algo parecido. Busca una novia que sea buena católica y, por añadidura, te encontrarás con que es mucho más guapa que las demás.

Curiosamente, por alguna razón teológica que escapa a mi limitada inteligencia, esto no se cumple en los varones católicos, que somos, si cabe, aún más feos que los demás. A ellas, sin embargo, no parece importarles."

sábado, 1 de mayo de 2021

Apostasía.


 Certera y lúcida reflexión del P. Santiago Martín.

domingo, 25 de abril de 2021

La encrucijada de caminos.

 A vueltas sobre el vídeo de la entrada anterior, quiero detenerme brevemente sobre esta frase: "Cuando una Iglesia se corrompe, apartándose del camino dado por Dios a los hombres, Éste retira Su Luz de esa Iglesia, que se marchita y muere. El pequeño resto que permanece fiel a Jesucristo es la semilla que hace germinar la siguiente Iglesia".

Dadas las circunstancias por las que atraviesa nuestra Iglesia Universal, crepúsculo ya iniciado desde hace más de un siglo y llegando a la noche sin estrellas desde hace unos 50 años, vienen a mi las palabras que me dijera hace poco el buen sacerdote de mi parroquia: "mira este templo, míralo bien porque no está lejos el día en que se predicará en él algo muy distinto al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo; una prédica que vestirá con la apariencia del Evangelio pero no será más que una herejía seguida de otra, un simulacro de Misa que será culminado por un sacrificio adulterado; por un sacrificio sin Sacrificio.". Esto me recordó inmediatamente a la "Iglesia patriótica china" y puso ante mí la imagen de una encrucijada de caminos. 

De ella partía un camino ancho, fácil, cómodo, sin repercusiones sociales negativas para quien lo transite; un camino enjuagado de "consolaciones" sociales, loas y parabienes que, sin embargo, conducía directamente hacia la muerte del alma. Y partía otro camino, más bien un sendero, abrupto, empinado, estrecho, rodeado a ambos lados de lobos y de oscuridad, de manos que portaban piedras; un sendero de muerte y persecución social pero que, sin embargo, era guiado por la Luz maternal, segura, viva y cálida, de nuestra Madre del Cielo, la Santísima Virgen María, Madre de Dios. Un sendero cuyo final es la Vida, es Cristo. 

A ti, amable lector, considera esto: cuando llegue el momento, que llegará y además lo hará muy pronto, ¿qué camino tomarás? 

sábado, 17 de abril de 2021

El Apocalipsis de San Juan.


Capítulo primero de la serie documental creada por Caravel TV. Basada en el monumental "El Apokalypsis de San Juan" del Padre Leonardo Castellani, es un vídeo imperdible cuyo visionado les recomiendo encarecidamente. Aunque en estos tiempos tan dados a la prisa no es habitual entretenerse con un vídeo que dura unos 40 minutos, estoy seguro que disfrutarán ese tiempo si deciden verlo. Laus Deo.

miércoles, 7 de abril de 2021

La descatolización de España.

Adiós, España

(Es un artículo de Monseñor Héctor Aguer, Arzobispo Emérito de La Plata, Argentina)


"Es penoso tener que recordar que en la descatolización de España ha jugado un papel importante el progresismo eclesiástico; ha sido una concausa en todos los órdenes del derrumbe de la catolicidad. La enseñanza heterodoxa, durante décadas, de teólogos que con sus clases y sus publicaciones han inficionado al clero causando estragos doctrinales y espirituales, también envenenaron la formación de generaciones de seminaristas." (Artículo original, pulsar aquí)

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"No hace mucho, InfoCatólica publicó una nota mía titulada Mala memoria. En ella me refería al propósito del gobierno socialista-comunista español de desmontar el magnífico complejo cultural y religioso del Valle de los Caídos; que comenzó a ejecutarse con el retiro del lugar de los restos del antiguo Jefe de Estado, Generalísimo Francisco Franco Bahamonde. La izquierda española no deja de referirse, con el rencor arraigado que la caracteriza, a lo que llama «crímenes del franquismo». Pero su memoria tuerta o hemipléjica la obliga a olvidar la cruenta persecución de la Iglesia y las terribles matanzas que ejecutaron sus antepasados rojos durante la guerra civil, especialmente en los comienzos, en 1936: once obispos y miles de sacerdotes asesinados, como asimismo otra gente ilustre, por la sola razón de ser católicos.

En mi trabajo yo reproducía fragmentos de la oda de Paul Claudel «A los mártires españoles», publicada casi contemporáneamente a los hechos y traducida de inmediato por uno de los grandes escritores argentinos, Leopoldo Marechal. En su poema, Claudel encomiaba con emoción y entusiasmo la obra evangelizadora de la España católica. El intento, por mi denunciado, contra aquel centro religioso y cultural, tenía en mi opinión un carácter fuertemente simbólico: representaba la obra de descatolización de España, que equivale a una «desespañolización», operada en las últimas décadas por los gobiernos seudodemocráticos, que han logrado imponer sucesivamente la legalización del divorcio, del «matrimonio» homosexual, del aborto, la ateización de la sociedad, y el crecimiento en ella de la presencia islámica, que por otra parte tiene valiosos antecedentes de arte y cultura en la historia nacional.

Ahora se ha avanzado con otro paso siniestro: la aprobación legal de la eutanasiaLa democracia electoralista, en la que reina el número sometiendo a la verdad, ha hecho posible al parlamento (202 votos contra 141 y dos abstenciones) imponer los criterios subjetivistas, contra la objetividad de la ley natural y la Ley revelada por Dios, que prohíben el suicidio y el homicidio. España es así el séptimo país en el mundo, y el cuarto en Europa, en legalizar la eutanasia, detrás de los Países Bajos, Luxemburgo, Canadá, Nueva Zelanda y Colombia. La disposición incluye algunos lindes o cotos que muchos podrán invocar como razones para aceptar la ley. Están en condiciones de poner fin a su vida los mayores de edad que «padezcan enfermedades incurables, crónicas e inhabilitantes, que estén en fase terminal, carezcan de esperanza de disfrutar de una existencia digna y soporten sufrimientos intolerables». La solicitud debe ser formulada por escrito (¿podrán escribir? si no pueden, ¿quién firmará el pedido?), sin presiones (¿cómo podrá asegurarse esta condición?), y repetirla a los quince días; se exige además que se hayan explicado al paciente las características del procedimiento y la posibilidad de recurrir como alternativa a cuidados paliativos integrales. También podrá cambiar su decisión en cualquier momento, y si es autorizado, a retrasar la aplicación todo lo que desee. Se establece que el trámite debe ser analizado y aprobado por un par de médicos (a quienes se permite acogerse a la objeción de conciencia), y el último visto bueno estará a cargo de una Comisión de Evaluación integrada por personal médico, de enfermería y juristas que supervisará cada caso. Como se ve, serán crímenes remilgados.

El Ejecutivo socialista ofrece una interpretación inaceptable por medio de la Ministro de la Salud: «España avanza por el reconocimiento de los derechos, así como en una sociedad más justa y decente». Familiares de pacientes, que venían reclamando desde hace tiempo por una ley de aprobación, aportan su aplauso: «Se trata de un derecho y no de una obligación, además de significar un ejemplo de empatía legislativa para no añadir sufrimiento jurídico a quienes padecen una situación de salud irreparable». Dirigentes de partidos opositores han reaccionado condignamente; expresaron la posibilidad de plantear un recurso de inconstitucionalidad, porque estiman que se han sobrepasado los límites de un estado democrático. Esperan igualmente que un cambio de las mayorías parlamentarias permita derogar la ley. El número es lo que decide; Su Majestad el Rey, cumpliendo muy bien el papel que tiene asignado –que yo sepa- guardó silencio.

La Conferencia Episcopal, como no podía ser de otra manera, expresó su rechazo a esa práctica que «siempre es una forma de homicidio». Es penoso tener que recordar que en la descatolización de España ha jugado un papel importante el progresismo eclesiástico; ha sido una concausa en todos los órdenes del derrumbe de la catolicidad. La enseñanza heterodoxa, durante décadas, de teólogos que con sus clases y sus publicaciones han inficionado al clero causando estragos doctrinales y espirituales, también envenenaron la formación de generaciones de seminaristas. Quiero destacar especialmente los errores en materia de teología moral, contenidos en manuales que se difundieron en los países de lengua castellana. Recuerdo, por conocimiento directo, personal, el caso de algún jesuita español que en los años 80 enseñaba en la Argentina. Hombre de mentalidad kantiana (digo mentalidad porque no puedo asegurar que haya leído a Kant, y si lo leyó qué habrá entendido); sus errores eran tan irrisorios que sus alumnos no lo tomaban en serio, y eran objeto de divertidos comentarios. Admito que en este orden de cosas «como muestra no basta un botón», pero ¡cuántos casos como ese se habrán multiplicado por España!

Detengámonos ahora en el argumento central. El término eutanasia es la transcripción del griego euthanasía, que en la literatura helénica clásica significaba «muerte dulce y bella». El concepto era un rasgo más de la antropología humanista que ha alimentado la cultura occidental; no había referencia alguna al suicidio y al homicidio. Pensemos en la kalokagathía platónica: verdad, bondad y belleza inseparables (kalós además de bello significa auténtico, noble, ideal). En algún tiempo, eutanasia era definida como «muerte por piedad» –así se hablaba, por ejemplo, entre nosotros- piedad en el sentido de lástima, misericordia, conmiseración; algo así como «te mato para que no sufras». Al parecer ya no se emplea corrientemente esa explicación. En cambio, el contenido de la legislación decidida por el parlamento español se inscribe en el ámbito de una concepción subjetivista y relativista de los derechos humanos, que por desgracia se ha convertido en un componente del nuevo desorden mundial. Tal situación, hace necesaria que cuando la Iglesia emplea en su enseñanza oficial el concepto de derechos humanos, se eluda una interpretación constructivista de los mismos, y se cuide que el descenso a los fieles a través de la instrucción o la predicación ordinarias conserve la concepción correcta, la que ha sido recogida en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado gracias al celo pastoral de San Juan Pablo II.

Es gravísima la pretensión de considerar a la eutanasia y el suicidio asistido como un derecho que los ciudadanos deben pagar con sus impuestos, «derecho humano y civil amparado por la constitución». El criterio del sufrimiento intolerable para reclamar la muerte es absolutamente subjetivo, como la ciencia médica lo reconoce. He leído con asombro lo que ocurre en Canadá, donde muchos médicos decidieron emigrar o abandonar la profesión debido a la coacción que sufrían. Se sabe que la situación ha desencadenado una crisis en el ámbito hospitalario a causa de las presiones que se ejercen para que los pacientes soliciten poner fin a su vida. ¡Y Canadá suele ser presentado como un paradigma de la democracia! Esto es un verdadero escándalo, que introduce una revolución antihumana en la profesión destinada a servir a la vida.

La postura cristiana tiene antecedentes en otras culturas. Cito como ejemplo un poema babilonio protagonizado por un «justo sufriente»: «El día es suspiro; la noche, lágrimas; el mes es silencio, duelo es el año». Pero es en la Sagrada Escritura donde hallamos un itinerario de interpretación del dolor humano y su sentido, que aparece vinculado al misterio del pecado, el cual ha menoscabado la condición humana. El Libro de Job, cuya composición según los exégetas se ha desarrollado en varias etapas entre los siglos V y II antes de Cristo, trata de modo incisivo y conmovedor el caso del sufrimiento de un hombre, que requiere la compasión (el «sufrir con») y la compañía de sus amigos. La insensata de su mujer le dijo: «¿Todavía vas a mantenerte firme en tu integridad? Maldice a Dios y muere de una vez». Los amigos, en sus discursos doctos, pretenden que reconozca –según la tesis judía tradicional- que sufre porque ha pecado. Job se confía laboriosamente en la Providencia misteriosa de Dios, cuyos caminos difieren inmensamente de los caminos humanos. Otro testimonio bíblico: en el Libro de Isaías, entre los capítulos 42 y 53 se encuentran cuatro cánticos del Servidor del Señor; el último (Is. 52, 13-53,12) es una cumbre de la revelación del Antiguo Testamento. El sufrimiento del Servidor es una profecía de la Pasión de Jesús, que ofreció al Padre el sacrificio de la reconciliación de los hombres; una frase de ese poema, «por sus llagas fuimos sanados» ha sido asumida en la Primera Carta de Pedro (2, 24): hoûto molopí iáthete (fueron ustedes sanados). El sustantivo griego molops (livor, en latín) designa las marcas que dejan las heridas; son, por ejemplo, esas manchas moradas o amoratadas que se llaman cardenales. El término se encuentra en singular, aunque evidentemente tiene sentido colectivo. El tema es un elemento central de la fe cristiana: Cristo, el inocente, como ya he adelantado, asumió libremente el sufrimiento y la muerte como un sacrificio de reparación y reconciliación de los hombres, pecadores, con el Dios justo, fiel y misericordioso.

La escritora de origen judío Simone Weil en su obra La pesanteur et la grâce (1948) escribió magníficamente que la Cruz del salvador es lo que confiere sentido al sufrimiento de los hombres si se unen a ella por la fe y el amor: «La única fuente de claridad lo suficientemente luminosa para esclarecer la desgracia, es la Cruz de Cristo. En cualquier época, en cualquier país, allí donde hay una desgracia, la Cruz de Cristo es para ella la verdad». La esperanza del que sufre tiene un solo apoyo, que permite superar la tentación de desesperar. Según Charles Péguy «esperar es lo difícil, en voz baja y con vergüenza. Y lo fácil y el declive es desesperar, esa es la gran tentación» (Le Porche du mystère de la deuxième Vertu). Padecer con Cristo, uniendo nuestros sufrimientos a los suyos, con la esperanza cierta de que más allá del túnel tenebroso de la muerte participaremos de la gloria de su resurrección; este es el argumento central de la predicación cristiana desde los tiempos apostólicos. En esa verdad reside la sabiduría, que es sabiduría misteriosa de Dios, como enseña San Pablo (theoû sophían en mysterío, 1 Cor. 2, 7) En su comentario a este pasaje, Santo Tomás de Aquino explica que el Apóstol emplea para dirigirse a los Corintios una sabiduría espiritual, una profunda doctrina que destina a quienes puede considerarse perfectos: aquellos cuya mente está elevada sobre todo lo carnal y sensible, de modo que pueden captar las realidades espirituales e inteligibles y cuya voluntad está elevada sobre todo lo temporal y unida sólo a Dios y sus preceptos… Esta sabiduría –afirma- no es la mundana, que profesan los dirigentes de este mundo (pensemos en los legisladores españoles que han votado a favor de la eutanasia), sino una sabiduría según Dios (In I Ad Corinthios, Caput II). Se trata del reconocimiento del orden natural de la Creación, que el pensador honesto y no ideologizado puede alcanzar aunque carezca de las luces de la fe, y que ésta asegura a los creyentes.

Ya que he citado aquí al Doctor Angélico, anoto lo que afirma sobre el precepto de no matar: «El Decálogo prohíbe el homicidio en cuanto que es un acto indebido; en este sentido el precepto (de no matar) incluye la idea de justicia. La ley humana no puede lícitamente conceder que un hombre sea indebidamente privado de su vida» (Suma Teológica I-II, q.100, a. 8, ad 3m). En el siglo XIII Tomás no podía referirse a la eutanasia, que hubiera sido para él un hecho claramente anticristiano. Sin embargo, su reflexión sobre el homicidio permite considerar ese acto como injusto.

El cuidado pastoral que la Iglesia dispense a los enfermos se hace más intenso en la caridad, cuando se trata de acompañar a los que sufren esas dolencias incurables que se pretende resolver con la eutanasia; al enfermo y a sus familiares pueden llegarles entonces la verdad, que permite superar las tentaciones de la desesperación y afirmarse en la esperanza. Me refiero al mensaje de la Cruz; como canta bellamente un himno litúrgico consagrado a ella: «Solo tú fuiste digna de sostener al precio del mundo, de preparar un puerto al mundo náufrago». Pero este mensaje central de salvación tiene que hacerse cultura; así sucede en una sociedad cristiana. La descristianización que ha sufrido la sociedad española, y el ateísmo abierto de los gobiernos socialistas dan razón a la posibilidad de legalizar conductas inmorales, criminales. Basta evocar la conocida manifestación de Jean Paul Sartre: «Si Dios no existe, todo está permitido». Seguramente, muchos españoles padecen esta situación que se ha impuesto, el despeñarse de la España católica; este último verbo, en su acepción figurada significa «entregarse ciegamente a pasiones, vicios o maldades». Es una caída desde la propia identidad a la ruina y la perdición. No se me oculta que estos términos son muy severos; no los aplico a las personas, cualesquiera de ellas, que merecen mi respeto y preocupación como pastor, sino a la transformación de una sociedad, una cultura, un modo de vida.

¿Es posible una reacción, una recuperación? Considero de máxima importancia preparar aquellos cambios políticos necesarios para reemplazar la democracia electoralista, fundada en el número, por una democracia fundada en principios objetivos, en el respeto de las condiciones irrenunciables de la naturaleza humana y su proyección en la vida social. Los jóvenes, sobre todo aquellos que no han sucumbido ante las presiones de una enseñanza ajena a las mejores tradiciones de la Nación, han de ser convocados a esa tarea de reconstrucción; ellos son sujetos de esperanza. Por su parte, la Iglesia, sin falsos temores, que paralizan e inducen a aceptar lo «políticamente correcto», debe retomar una obra evangelizadora integral, presentando en toda su pureza y actualidad la doctrina católica, que es kerygma portador de luz y fortaleza.

Concluyo con una boutade que enuncia algo tremendo. En la España de hoy, los padres –mediante el aborto- pueden matar a sus hijos; ahora –con la legalización de la eutanasia- los hijos pueden matar a sus padres."

+ Héctor Aguer

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.
Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro.
Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

Buenos Aires, miércoles 7 de abril de 2021. Octava de Pascua.-

viernes, 26 de marzo de 2021

Nota.

 En el día de los Dolores de la Virgen.

Dice el Papa Francisco en su reciente catequesis (aquí) que María no es corredentora, que es una exageración como también lo son muchos de los títulos que la Iglesia le ha dedicado a nuestra Madre del Cielo a lo largo de su historia. Ya se refirió a ello (Francisco, 2019) en presencia de la Virgen de Guadalupe llegando a utilizar el argentinismo "tontera" (aquí). 

Pues bien, haciendo un esfuerzo de continencia verbal dejo en este punto esta breve nota, aunque sí manifiesto mi indignación, vergüenza y dolor ante las palabras de Francisco.


Dios te Salve, María, hija de Dios Padre

Dios te Salve, María, Madre de Dios Hijo

Dios te Salve, María, esposa de Dios Espíritu Santo.

¡Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios!

¡Santa María!

Corredentora, Mediadora y Abogada nuestra.


viernes, 19 de marzo de 2021

En el día de San José, un obispo fiel a la doctrina habla sin paños calientes.

Aprobación de la eutanasia. España, transformada en un «campo de exterminio»

"Lo he dicho en varias ocasiones. Esta es la hora en la que vuelven los «bárbaros» que, embriagados de poder, no saben sostener la casa común, el hogar familiar que ha significado y significa España." (Original clicar aquí)

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Con todo respeto y aprecio en el Señor a las personas, debo hacer algunas consideraciones respecto a ciertas leyes y hechos.

Le tenían ganas. La España tradicionalmente católica y que expandió la fe allende los mares, era un enemigo a batir por sí misma y por su repercusión en los pueblos hermanos de Hispanoamérica, Filipinas, el mismo contexto europeo y la influencia en todo el mundo de nuestros misioneros, activos colaboradores con la transmisión de la fe.

Avanzada la llamada transición política, y con una Constitución española llena de ambigüedades, las fuerzas laicistas unidas a las fuerzas políticas partidarias de la relativización cultural, moral y religiosa de nuestro pueblo, han conseguido, - con la aprobación de leyes que permiten destruir la vida por nacer, tanto en el seno materno como en los laboratorios, y ahora con la aprobación de la Ley de la eutanasia, - convertir a España en un «campo de exterminio».

El «tsunami» de leyes que desregulariza el patrimonio cultural y espiritual de España, enarbolando siempre la bandera de la «libertad», comenzó con la ley del divorcio (1981), a la que siguieron la despenalización del aborto (1985), la ley sobre técnicas de reproducción asistida (1988), la ley que permite el así llamado matrimonio civil entre personas del mismo sexo (2005), la ley del divorcio «exprés» y el repudio (2005), la introducción de la asignatura «Educación para la ciudadanía» que hacía presente la «ideología de género» en la escuela (2006), la ley sobre técnicas de reproducción asistida (2006), la ley Aido sobre la interrupción del embarazo y la salud sexual y reproductiva (2010), la ley de investigación biomédica (2011), hasta llegar a las leyes autonómicas sobre «Identidad y expresión de género e Igualdad social y no discriminación» presentes en varias comunidades autónomas de la nación española.

Además de otras propuestas leyes permisivas anunciadas por distintos ministerios, la puntilla final a la libertad de conciencia y a la dignidad de toda vida humana, la han puesto la nueva ley de educación (2020) y la ley de la eutanasia (2021). Con ello las fuerzas globalistas, los lobbies financieros, sus terminales eutanásicas y el laicismo militante pueden darse por vencedores ante un pueblo anestesiado por los medios de comunicación, la fuerte ingeniería social desarrollada con la perversión del lenguaje, un Tribunal constitucional atrapado por el positivismo jurídico y que deja en desamparo lo que naturalmente constituye lo «específicamente humano»: la dignidad y el carácter sagrado de la vida, la diferenciación varón-mujer como riqueza de patrimonio de la humanidad, el bien del matrimonio abierto a la vida y la función social de la familia como pilares que sostienen una sociedad estable y con un horizonte de fraternidad. Con esta ley se consuma el proceso de transformación de la «ley natural» y de los llamados «derechos humanos», en derechos subjetivos, según los propios deseos de cada uno. Ya no quedan los bienes indisponibles. Lo que viene después son las leyes que propicien el «transhumanismo».

Hay que repetirlo una vez más. No existe el derecho a la muerte. La eutanasia acaba con todos los derechos. La vida humana es siempre un don que nos precede y que merece ser cuidado personal, familiar y socialmente desde la perspectiva del bien común hasta la muerte natural. Es el don más alto de la creación. De manera particular le corresponde al Estado garantizar este cuidado y protección. No hacerlo lo convierte en un Estado que no cumple su misión y queda ilegitimado en el ejercicio de este poder. Ahora los médicos y el personal sanitario adquieren una nueva responsabilidad de resistencia ante el mal. Las clínicas, los hospitales y los hogares no pueden convertirse en lugares donde no se respete con seguridad y cuidado la vida humana. Rezo por ellos.

No contentos con estas leyes, los nuevos amos han provocado desde las instancias del poder un debilitamiento moral de nuestro pueblo, especialmente entre los niños, adolescentes y jóvenes con una educación sexual al margen del amor y de la capacidad de autogobierno para el bien personal y la relación con las demás personas. Muchos de ellos están atrapados por la pornografía, las adicciones de toda clase y se les ha inoculado un concepto negativo de la libertad. Esta se propone simplemente como autonomía radical del individuo sin otro horizonte que el placer y la utilidad, sin referencia a los bienes indisponibles de la persona que se cultivan por la virtud. Se trata de la destrucción de la libertad en nombre de una libertad sin más contenido que ella misma. Una libertad perversa fuente de numerosos sufrimientos humanos: la destrucción de la vida humana, rupturas familiares, abandono de los niños, desorientación en el sentido de la vida e incluso aumento de la soledad, enfermedades psíquicas y suicidios.

El camino es conocido: manipular el lenguaje, debilitar a la familia como educadora de sus hijos, cambiar las costumbres con ingeniería social y crear una nueva opinión de masas propiciada por la invasión masiva de los medios de comunicación social que han conseguido atravesar el alma y la mente de muchos españoles.

Para todo ello era necesario un punto de partida perseguido desde el principio: favorecer la secularización de la sociedad española para prescindir de Dios y de la tradición católica que sustenta una antropología adecuada que responde a los bienes y a los fines de la persona humana, la familia, la religión y la sociedad. Sin Dios, sin la humanidad de Jesucristo, el hombre va a la deriva y pierde su fundamento estable y un horizonte de eternidad. Por eso prescindir de la tradición católica y debilitar la cultura y las leyes que la puedan sustentar, propicia un multiculturalismo de corte nihilista que acaba siendo un despropósito que deja sin defensas a nuestra sociedad española.

Lo he dicho en varias ocasiones. Esta es la hora en la que vuelven los «bárbaros» que, embriagados de poder, no saben sostener la casa común, el hogar familiar que ha significado y significa España.

Son tiempos en los que la Iglesia católica no puede mirar hacia otra parte. Son los tiempos de una «nueva evangelización» como nos piden los últimos Pontífices. Lo que está en juego es el bien de las personas y el bien de nuestro pueblo. Es necesario movilizar las conciencias de los católicos y de los hombres de buena voluntad para lograr una gran estrategia a favor de la vida humana. Lo que está enfrente, como decía San Juan Pablo II, es una auténtica «estructura de pecado … una conjura contra la vida … una guerra de los poderosos contra los débiles» (Evangelium vitae, 12) Resulta una ironía amarga que en este tiempo de «pandemia», en vez de cuidar exquisitamente de las necesidades sanitarias y laborales, desde el gobierno de la nación se produzca este asalto a la dignidad de la vida humana y se sea indiferente ante el sufrimiento de tantas personas que reclaman cuidado y protección.

Aunque lo desconozcan los no creyentes, España necesita a Cristo, en quien refulge el esplendor de la verdad de la persona. En estos momentos no podemos renunciar ni al libro de la Creación, Dios creador que ordena con su sabiduría todas las cosas y al mismo hombre, ni a la obra de la Redención expresada en la Cruz de Cristo donde todos hemos sido amados hasta el extremo. Sin ese amor y sin el perdón no podemos vivir. Así lo han testimoniado todos los Santos que pueblan con la Virgen María toda nuestra geografía española.

Como no puede ser de otra manera nuestra palabra como Iglesia pasa siempre por la reconciliación y el perdón. Esto se hace posible porque antes hemos sido perdonados por Dios y, en Cristo, ha sido vencido el pecado y la muerte. Estamos en Cuaresma y nos encaminamos a la Pascua: el triunfo de la resurrección y la Vida. Por eso estamos llamados a la esperanza. Todas las fuerzas del mal son insignificantes ante el poder y la misericordia de Dios: «Deus est semper maior».

Concluyo invocando a San José, custodio de la Sagrada Familia, protector de la Iglesia y abogado de la buena muerte. Que, bajo su protección, España camine por caminos de justicia y de paz rumbo al cielo, nuestra patria definitiva.

                                                                                                                                 Juan Antonio Reig Pla

                                                                                                                                   Obispo Complutense

Alcalá de Henares, a 19 de marzo de 2021

Solemnidad de San José, Esposo de la Bienaventurada Virgen María

Año de San José y de

Ntra. Sra. la Virgen de la Victoria de Lepanto

Año de la Familia